agosto 11, 2015 Categoria: Adriana Puiggrós

Adriana Puiggrós, diputada, pedagoga y escritora “Tardé años en darme cuenta de que me discriminaban”

Por Raquel Roberti

A veces es inevitable y algunas personas quedan encasilladas en una actividad determinada, aunque sus intereses y capacidades vayan mucho más allá. De alguna manera es lo que sucede con Adriana Puiggrós, a quien se identifica casi de manera automática con la educación, la pedagogía, la investigación, además de la política. En las cuatro áreas ha tenido participación destacada: ex directora general de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, ex profesora de Historia de la Educación Argentina y Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, diputada nacional por el Frente para la Victoria y titular de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados. Publicó más de cuarenta libros sobre educación y políticas educativas, y entre las distinciones que recibió se pueden mencionar el Premio Andrés Bello 2004, de Memoria y Pensamiento Iberoamericano y la beca de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation. Pero ahora incursiona en otro metier: acaba de publicar su primera novela, Rosarito, un policial pedagógico (Ediciones Colihue), en la que se aleja de la investigación para meterse de lleno en la ficción. Se trata de un asesinato relacionado con Rosario Vera Peñaloza y su pensamiento pedagógico, que ha marcado la educación argentina, pero la trama no abunda en esos detalles sino que apenas los roza.

–En la novela hay varias vertientes en las que parece haber mucho de su experiencia. Por ejemplo, el cupo femenino del 33 por ciento en la política…
–Sí, es mi experiencia y la de todas las mujeres que estamos en política aunque no siempre tomamos conciencia. Me llevó muchos años darme cuenta de que en realidad me estaban discriminando. En la elección de 1997 salí electa por el Frente Grande, que sigue siendo mi partido, pero un compañero de la conducción me pidió que renunciara para que subiera el hombre que seguía en la lista. Presentaron una causa ante la jueza Servini de Cubría para que permitiera ese cambio porque era la primera vez que esa alianza se presentaba. Eran mis amigos, además, entonces dije: “¿Saben qué? Lo va a decidir la jueza y estoy segura de que va a fallar a favor mío”, y así fue.

–También se refleja el miedo a que no estén, o a opinar delante de ellos.
–Claro, la sensación de “estoy de más”. O “estoy por el apellido”, algo que aún hoy siguen haciéndome sentir, en mi caso por mi papá, a quien quiero, respeto y me formé con él, pero lo usan en mi contra, siempre con el elogio, obvio. A muchas mujeres les pasa, ahora no usan el apellido del marido, pero no dejan de ser “la mujer de”, o “la del grupo de”, que siempre es un hombre. Ahí le tengo que reconocer al PJ que es uno de los partidos que más avanzó en ese sentido, en la Cámara estamos por encima del 33 por ciento y una mujer es presidenta del bloque, Juliana Di Tullio, y en La Matanza la candidata a intendente es mujer. En el radicalismo y los partidos de izquierda cuesta más. Pero aun llegando a lugares destacados hay que mirar quiénes las rodean; los activos en una asamblea del Frente Grande siempre son más hombres que mujeres.

–¿Por qué hoy, con el compromiso político social recuperado, seguimos siendo relegadas?
–Tenemos como cinco mil años para remontar, tiene que ver con que el reposicionamiento de la mujer mueve todos los vínculos sociales, entre generaciones, en las parejas… en la cuestión de género hay hasta un elemento político: el poder en los vínculos personales. El lugar de la mujer mueve el del hombre y el de otras elecciones de género y moviliza algo profundo. La violencia está anarquizada en esta sociedad, no podemos decir que es más violenta que la de la dictadura. Las conductas antifemeninas, la agresión a la mujer, el acoso sexual, existieron siempre, pero la sociedad hizo un enorme esfuerzo para taparlo. Parte del discurso de la sociedad, lo dijo Foucault en Vigilar y castigar, de represión sexual, hoy está atacado por esta apertura. Si aparecen muchos casos de femicidio es porque la sociedad ya no lo soporta y se dicen.

–Otra vertiente de la novela es el enfrentamiento entre la pedagogía tradicional y los intentos de cambio, ¿cómo lo ve ahora?
–Sigue existiendo, pero quiero aclarar que escribí hasta la mitad del libro sin darme cuenta de que era un libro. Por eso no son líneas que haya pensado desde el principio, sino que aparecieron y después tuve que pensar cómo cerrarlas. Los personajes me llevaron. Por eso un escrito secreto de Rosarito estuvo muchas veces en un estante de una biblioteca. Cuando empecé a escribir había un grupo medio loco que resguardaba el tesoro de la vieja pedagogía. A medida que los personajes jugaban en el devenir de la actualidad aparece el gran escenario actual de la educación, según lo establecido por la OCDE: la educación es un elemento del mercado, un bien transable. Ese gran mercado de la educación que tenemos delante es el campo de batalla para defender la educación pública frente a un comercio que a veces pensamos que terminó junto con el menemismo pero que en realidad está instalado en el mundo. Grandes bancos como el HSBC, el Bilbao Vizcaya, el Santander, son buitres de la educación. Eso comparado con la utopía de aquel grupo de principios de siglo, herederos de Sarmiento pero que también pensaban en proyectos de vanguardia, es un contraste terrible.

–Arranca con la relación de dos mujeres y la forma en que se vinculan. ¿Qué la llevó a eso?
–Hay una mezcla de experiencias personales, en toda ficción hay algo biográfico. Mi mamá era rusa, como la de Nina, que quedó encerrada en ese mundo, pero que también podría haberse quedado con el papá, que era militante socialista; hay algo mío ahí, del intento de ser yo misma. Gran parte de la relación con mi mamá, que murió a los 98 años, está ahí. Pero más que nada está la dificultad de cualquier hija de ser alguien en el medio de los mandatos maternos y paternos. Después viene la otra cuestión, en otro escenario, cuando por ser mujer tratan de reducirte a un hombre, marido, padre o hermano.

–También la relatora sin nombre tiene algo suyo, es profesora…

–Sí, hay un pedacito mío en cada personaje, creo que hasta en los que cuidan a Rosario Vera Peñaloza. Y en las ganas de matar también, porque en realidad todo el mundo tiene ganas de matar a otro. Pero la relación madre-hija es lo más fuerte. Y como en el caso de Nina, en mi época también para irse de la casa paterna había que casarse. Con una amiga buscamos una pensión para irnos, pero finalmente nuestros padres acordaron que fuéramos a vivir a una casa que tenía el papá de mi amiga en La Plata, y cuando llegamos vimos que la casa tenía cuidadores. Es decir, igual nos vigilaban.

–¿Tiene un nuevo proyecto a nivel editorial?
–Estoy escribiendo, pero como al principio de esta novela, no sé en qué derivará. Me parece que voy a hacer un libro de cuentos, porque ya tengo algunos escritos.  Tengo otras cosas relacionadas con educación, sobre todo artículos largos para capítulos de libros colectivos, siempre sobre imperialismo y educación, la educación como mercado. De todas maneras, lo que me da un placer enorme es escribir ficción.

Fuente: Revista Veintitres

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